Ya es un lugar común recalcar que el Día Internacional de la Mujer no es una celebración, sino una conmemoración. Creemos que el llamado de esta fecha de carácter mundial es tanto a la reflexión como a la acción en términos de proteger la dignidad y la autonomía ganada por las mujeres en las últimas
Ya es un lugar común recalcar que el Día Internacional de la Mujer no es una celebración, sino una conmemoración. Creemos que el llamado de esta fecha de carácter mundial es tanto a la reflexión como a la acción en términos de proteger la dignidad y la autonomía ganada por las mujeres en las últimas décadas de su propio desarrollo.
Nuestro país se encuentra, como siempre, caminando en la cuerda floja de las dicotomías. Pero esta vez se trata de una profunda crisis respecto a la idea fundacional de la democracia. Mientras las élites políticas se deslumbran con giras internacionales y promesas de modernidad productiva, en los pasillos de los hospitales públicos la realidad de nuestras compañeras y muchas otras trabajadoras del país, es otra: una mujer, jefa de hogar, que sostiene el 70% del sistema sanitario, trabaja bajo la presión de no tener dónde dejar a sus hijos. Esto no es solo una falla administrativa; es una decisión política de precarización.
La Ley de Sala Cuna Universal ha transitado por años de estancamiento. Creemos que este es uno de los síntomas de este retraso. La intención latente de privatizar los cuidados y la lógica del “voucher” —impulsada por sectores que hoy buscan retomar el poder— no son otra cosa que convertir los derechos humanos en un ticket de beneficios al portador.
Para las trabajadoras de la salud, que cumplen turnos de 24 horas enfrentando el dolor ajeno, la Sala Cuna no es un beneficio; es un imperativo de dignidad. Privatizar el cuidado infantil es encarecer la vida, disminuir el rol protector del Estado y, en última instancia, empujar a la mujer de vuelta a un entorno de dependencia. El machismo, que es el océano en el que navega la lucha feminista, se reproduce en cada espacio donde la mujer carece de autonomía económica y redes de apoyo público.
Frente a la inminencia de un gobierno de derecha con tintes conservadores, la agenda de derechos de la mujer corre un peligro existencial. No se trata solo de presupuestos, sino de la soberanía sobre el propio cuerpo y su proyecto de vida.
Existe una conexión vital en esto cuando nos referimos a las demandas de salud: Tanto en la lucha por una Ley de Aborto y el derecho a decidir sobre el inicio de la vida. También en torno a la Ley de Sala Cuna Universal, como derecho a proteger la vida ya nacida sin sacrificar el desarrollo personal o la implementación de las 40 horas laborales que gradualmente se irá traduciendo en soberanía sobre el tiempo propio. Sumamos también el debate sobre la Eutanasia o el derecho a decidir sobre el final de la vida con libertad de voluntad tanto para hombres y mujeres. Esto último sin olvidar sobre quién recae principalmente la labor de cuidados paliativos en las familias chilenas.
El estancamiento de estas leyes en un poder ejecutivo y legislativo que parece legislar más para la Iglesia o para el mercado, precariza la condición humana. La libertad de pensamiento y de voluntad no puede ser coaccionada por instituciones que han fallado sistemáticamente en proteger a las más vulnerables.
La preocupación es legítima en la víspera de la marcha de un gobierno que prioriza la privatización y disminuye sustantivamente la presencia del Estado en el avance social; pero en cambio apuesta por un modelo de explotación institucionalizado. Los países que realmente han alcanzado el desarrollo lo han hecho fortaleciendo lo público. Un Estado socialdemócrata o de bienestar no es un eslogan, sino la garantía de que la pobreza no consuma a quien entrega su vida por la salud de otros.
Ecos que resuenan con la fuerza de mujeres pioneras que comparten con todas ustedes, compañeras trabajadoras de la salud pública, personalidades creativas y sensibles como Gabriela Mistral, quien desde su poesía reivindicó la dignidad de la mujer o la rebeldía ante la injusticia social como Violeta Parra, que hizo del arte un refugio de la verdad. También recordamos a la socióloga Lumi Videla quien entregó su vida por la democracia o el trabajo colectivo del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH), que sentó las bases de la búsqueda de autonomía económica y biológica que plantaron Elena Caffarena y Graciela Mandujano ela historia de Chile. Esta labor encomiable de las mujeres con conciencia social como las que componen nuestra Confederación han sostenido el tejido social en tiempos de precariedad.
Con estas mujeres siempre en nuestras mentes, el 8M y las movilizaciones que vendrán no serán solo fechas en el calendario; sino barricadas de pensamiento. La mujer de la salud pública, esa que hoy es jefa de hogar y primera línea del cuidado, no puede permitir que el país retroceda hacia un modelo donde la “modernidad” solo se vea en las fotos de los gobernantes cortando cintas de primeras piedras que quedan en el olvido, mientras en los hospitales la libertad se termina donde empieza la necesidad de subsistencia.
La lucha por los derechos de la mujer trabajadora y la compañera del sector de la salud pública es una sola: es la lucha por un país donde ser mujer no sea sinónimo de precarización, y donde el Estado sea, por fin, el refugio de los derechos y no el yunque donde los privados golpean con su martillo para moldear una idea de país.













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